viernes, 24 de octubre de 2014

ARQUITECTURA QUE TE ATRAPARÁ EN SUS COLORES



En ocasiones llega a sucedernos que olvidamos la importancia de los espacios que habitamos o fueron parte de la historia para una comunidad, los cuales sólo habría que ver de nuevo para descubrir la magia en ellos contenida, así es la visión que nos ofrece Mohammad Domiri, un joven fotógrafo iraní, quien gracias a su pasión por la arquitectura nos comparte coloridas construcciones.


Tan sólo equipado con un lente angular, Mohammad logra crear sorprendentes tomas de las mezquitastradicionales de Medio Oriente, que debido a sus formas en ocasiones pareciera que observamos un caleidoscopio e la sensación del espacio se rompe pues con sus objetivos y particular toque consigue transformar estos lugares, como si estuviésemos en la película Inception.

Sin duda, el creador de este impresionante trabajo nos invita a tener deseos de viajar por el mundo y encontrar estas construcciones llenas de color, formas geométricas, mosaicos fascinantes y colores arremolinados, por lo que nos incita a su particular forma de ver el mundo.

























Todas las imágenes son © Mohammad Reza Domiri Ganji
Fuente: Alternopolis

jueves, 23 de octubre de 2014

La secuencia Halprin




Lawrence Halprin, fuente Ira Keller, Portland, 1965-70 (foto: Karen Heredia)

Es famoso el episodio en que Luis Barragán recomendó o más bien exigió a Louis Kahn ‘no colocar ni un solo árbol ni plantar una sola hierba’ en el patio del Instituto Salk de la Jolla. Lo que no es tan conocido es que después de que Kahn y su cliente acordaron seguir la recomendación de Barragán, el mismo Jonas Salk, no del todo convencido, buscó una segunda opinión: la del arquitecto paisajista Lawrence Halprin. En esos años Halprin era uno de los arquitectos paisajistas más importantes en los Estados Unidos y el más reconocido en la costa oeste. A petición expresa de Salk, Halprin desarrolló una serie de alternativas que buscaban evitar o mitigar el duro aspecto y el potencialmente incómodo microclima que se produciría en un patio casi totalmente pavimentado. Después de ensayar distintas propuestas de vegetación, arborización, y tratamiento de agua, el propio Halprin reconoció la ‘poesía pura’ del diseño de Kahn y se retiró voluntariamente del encargo. No por ello, sin embargo, dejó de pensar que el patio merecía un tratamiento distinto al recomendado por Barragán.[1]


Lawrence Halprin, fuente Lovejoy, Portland, 1962-65 (foto: Karen Heredia)

Lo anterior puede dar la idea de que Halprin era un arquitecto paisajista en la tradición ‘naturalista’. Al contrario, sus paisajes se caracterizaron por una gran voluntad formal y una dureza material y háptica parcialmente aliviada por la presencia del agua. Su obra también tuvo un carácter más público que la de Barragán y ciertamente un pensamiento teórico más articulado. Nacido en Brooklyn en 1916, Halprin estudió ciencias y horticultura en Cornell y Wisconsin, y arquitectura del paisaje en Harvard. En Wisconsin conoció a quien sería su esposa, Anna Schuman, una bailarina y coreógrafa profesional que tuvo una gran influencia en su obra. Los paisajes de Halprin fueron pensados como secuencias estructuradas de espacios en las que los usuarios supuestamente interpretaban ‘coreografías’ o ‘partituras’ (scores) preestablecidas por el diseñador pero ‘abiertas’ a las contingencias y a la improvisación. A pesar del deterioro y el olvido por el que han pasado durante algunas décadas, los espacios abiertos de Halprin se han reafirmado a lo largo de los años y muchos de ellos son ahora referentes indispensables en distintas ciudades y barrios norteamericanos. [2]


Lawrence Halprin, fuente Lovejoy (foto: Juan Manuel Heredia)

Quizá la obra mas importante de Halprin sea la secuencia de plazas planeadas a principios de los años sesenta para la ciudad de Portland. En 1961 la Comisión de Desarrollo de Portland comenzó un ambiciosos proyecto de ‘renovación’ urbana en pleno corazón de la ciudad. Diseñado por el omnipresente despacho de Chicago, Skidmore Owings & Merrill (SOM), este proyecto consistía en tres supermanzanas con torres habitacionales y de oficinas y comercios de baja altura localizadas en la parte suroeste del centro, que básicamente hacían una tabula rasa de un barrio judío de gran antigüedad y tradición. Probablemente anticipando los efectos negativos que traería el proyecto, la Comisión llamó a Halprin para diseñar los espacios abiertos del conjunto. Basándose en el plan maestro de SOM, Halprin transformó lo que se preveía serían simples parques arbolados en tres memorables plazas para el encuentro y el esparcimiento humano. Engarzadas mediante corredores peatonales, estas plazas se concibieron como una representación de la topografía de Portland y de la región, metafóricamente recogiendo el agua de las montañas para conducirla a través de canales, estanques, fuentes y cascadas hacia el rio Willamette y eventualmente hacia la desembocadura del Pacífico.


Diagrama de la secuencia Halprin (http://halprinconservancy.org/)

La secuencia comienza en la parte más alta del complejo, en una pequeña fuente concebida como manantial (source fountain). Borbotones de agua hacen rebosar el nivel de esta fuente mientras un pavimento radial simboliza su emanación hacia la ciudad. El recorrido continua hacia el norte y desembocaba en la plaza Lovejoy, una gran plancha de concreto de geometría angular con una fuente cascadeante al centro y un expresionista pabellón de descanso. En días laborales este espacio funciona como zona de relajamiento para oficinistas y la comunidad universitaria vecina, mientras los fines de semana se convierte en un gran chapoteadero para niños, adultos y sus mascotas. Para el diseño del pabellón Halprin recurrió a su amigo y ex-socio Charles Moore, un teórico del agua y la arquitectura, cuya experiencia en este proyecto fue el antecedente de su muy famosa pero no muy exitosa Piazza d’Italia en Nueva Orleans.


Lawrence Halprin, fuente y (Charles Moore) pabellón Lovejoy (fotos: Juan Manuel Heredia)


Lawrence Halprin, parque Pettygrove, Portland, 1962-65 (foto: Karen Heredia; croquis: http://halprinconservancy.org/).

Descendiendo por los corredores arbolados uno se encuentra con el parque Pettygrove, un jardín sombreado formado por montículos de césped que recuerdan los montículos de la arquitectura precolombina de ese país. El recorrido culmina en la plaza o fuente Ira Keller, justo enfrente del Auditorio Cívico de Portland. En la parte inferior de esa plaza Halprin creó una impresionante fuente mediante gigantescos muros-taludes de concreto y plataformas desplazadas ‘flotantes’. El sonido ensordecedor producido por las cascadas contrasta con el murmullo del agua percibido desde el jardín superior. Pensados para el descanso, la recreación y la contemplación estos espacios se ajustan a los movimientos de las coreografías ideadas por Halprin pero también se desvían de ellas a través de performances artísticos y manifestaciones cívicas y políticas esporádicas.


Lawrence Halprin, fuente Ira Keller, Portland, 1965-70 (fotos: Karen Heredia)

La ‘secuencia Halprin’ -como generalmente se le conoce a este conjunto de espacios- es una especie de paradoja: una obra de gran potencial para la vida pública al interior de un complejo que niega a la ciudad misma. En efecto, a pesar su vitalidad ganada a golpe y paciencia (especialmente en la fuente Keller -la única que colinda con la trama original de Portland) estos espacios resaltan más por sus promesas de convivencia y encuentro que por su actividad efectiva y real. En ese sentido la secuencia fue un episodio importante dentro de la carrera de Halprin y de la arquitectura del paisaje estadounidense en general: un proyecto ‘catalizador’ de obras posteriores dentro y fuera de Portland, ciudad hoy en día excepcional en el contexto norteamericano por la cantidad, calidad y coordinación de sus espacios públicos. Una secuencia con-secuencias.[3]


Lawrence Halprin, fuente Ira Keller, Portland, 1965-70 (foto: Karen Heredia)


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[1] La historia del patio del Salk la narra Marc Treib en ‘To End a Continent: The Courtyard of the Salk Institute’, Journal of the Society of Architectural Historians 65-3 (Septiembre de 2006), 402-427. En ese ensayo Treib se muestra reacio a otorgarle a Barragán más créditos de los que él cree se merece.

[2] El libro más analítico sobre Halprin acaba de ser publicado: Alison Bick Hirsch, City Choreographer: Lawrence Halprin in Urban Renewal America (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2014).

[3] Ver Randy Gregg ed. Where the Revolution Began: Lawrence and Anna Halprin and the Reinvention of Public Space (Washington: Spacemaker, 2009).



Fuente: Arquine
por Juan Manuel Heredia | Portland State University / @guk_camello 
17 de julio de 2014

Espacios Públicos imperfectos I



La playa no es ya un espacio natural, ni siquiera antropizado, forma parte de un nuevo escenario planetario llamado antropoceno. En este escenario de lo imperfecto, existen también otros espacios públicos. Las playas forman así parte de este mundo sin exterior. Son entonces conglomerados de operaciones donde se representan diferentes políticas, modos de consumo de los cuerpos, infraestructuras marítimas del ocio y del deporte o modelos normativos y de control en un espacio “relajado”.

La playa es un espacio público limitado. A uno de sus lados, siempre se encuentra el agua, motor junto con el clima de la potencia ilimitada de este espacio urbano. Hablamos de playas urbanas occidentales con sus contaminaciones y sus banderas verdes. Lugares que se han desarrollado durante el siglo XX y se han propuesto como laboratorios de experiencias sensoriales estacionales.

Quizás los fotógrafos hayan puesto su mirada antes y de una forma más incisiva que los arquitectos en este espacio urbano. Describiendo 4 fotografías podremos realizar una mirada transversal a este lugar de lo cotidiano.


La playa es un museo de lo ordinario.

Imagen 01. Pelican Beach. Face in the crowd. 2013. Alex Prager.

No hay tantas cosas que diferencien un museo de una playa. Las multitudes inter-relacionadas en el mismo espacio y temporalidad, los grandes eventos que atraen al público, la condición de deseo por acceder al espacio y una forma de representación colectiva. Espacios intergeneracionales, donde se dan cita numerosas formas diferentes de representación. Aunque también las mismas formas de exclusión y representación del poder. Pensemos en los vendedores de collares y gafas de sol.

Una playa es un paisaje que tiene la capacidad de aumentar las experiencias sensoriales del espacio público. Muchas veces íntimas, pero que rápidamente pasan a ser públicas. Un territorio de experiencias sensoriales micro que llenan el espacio pasando a ser un lugar donde cada individuo puede performar una representación propia y más desligada de las convenciones que en otros espacios públicos congestionados, como los aeropuertos, salas de congreso, salas de cine… Pero las distancias de la proxémica, de las que ya hablamos en otra entrada, se rompen en la playa y lo íntimo se desvela público y las condiciones públicas de la multitud se encierran en una caja negra con la que es muy difícil trabajar. Todos observamos a todos: es un espacio de interacción múltiple en todas direcciones.

Pequeños objetos habilitados por las marcas comerciales, hacen de la playa un lugar donde cada nodo multipersonal establece su dominio, y sus cercado invisible. Toallas, neveras, sombrillas, zapatillas crean un límite desde el que establecer tu propiedad momentánea y desarrollar tu idea del mundo desde la que consumir el escenario. Nuestros hábitos cotidianos se hacen visibles en este lugar privilegiado desde donde podemos contemplar algunas realidades sociales, es decir, materiales y humanas. Como en un museo, nuestra capacidad crítica entra en juego para observar y destilar realidades.


La playa es una práctica.

Imagen 02. Playas. Massimo Vitali

La playa es un lugar donde grandes infraestructuras de ingeniería costera, como diques y barcos areneros, conviven con otras más dúctiles que sectorizan la playa y ordenan su funcionamiento como las balizas flotantes, los dispositivos de ocio hinchables o la habilitación temporal de espacios para el baño como el de la imagen de Massimo Vitali. Una infraestructura efímera, resiliente y adaptable que permite tener acceso al agua de una manera más sostenible que el aumento de la superficie de arena de las playas por métodos destructivos de flora y fauna marina para practicar un espacio.

La playa es un ecosistema del baño, la estética, el cuidado personal y la salud. La primeras aproximaciones colectivas a la playa fueron realizadas por una aristocracia cultivada que veía en ella un lugar donde mantener hábitos saludables y terapéuticos más relajados que en los balnearios. Pero en ese momento, existían un repertorio de normas reglamentarios que regulaban los horarios, las exposiciones al sol, los que podían y los que no usar la playa y la ocultación de los cuerpos de la cabeza a los pies. Todavía hoy guardamos muchas de estas normas que establecen la separación de playas en función de la desnudez de los cuerpos. Es interesante analizar en este caso, como la regeneración de algunas playasantes separadas por diques de rocas, han disuelto el límite entre playas nudistas y textilistas, y son ejemplos de convivencia simultánea en la diferencia donde cada individuo puede elegir su forma de estar sin excluir a otros por el hecho contrario. Por otro lado, las playas son también el motor de la innovación ligada a la industria textil. La reducción de superficies textiles en el cuerpo ya no son solo cosas de mujeres sino también de hombres; tras el bikini mínimo aparece el penekine como objeto textil de paridad.

El baño, el ocio, el descanso en cualquiera de sus variantes de los usuarios de la playa también generan el trabajo, la economía y la supervivencia para los trabajadores de este espacio. Policías, socorristas, evaluadores de la calidad ambiental, restauradores de chiringuitos y vendedores al sol forman el otro ecosistema que permite que el otro funcione.

Habitar la playa, es habitar una práctica ligada al contacto del cuerpo con el sol y el agua. O quizás ya no es solo así.


La playa es un centro comercial.

Imagen 03. Indoor beach. Martin Parr.

La democratización de la playa, se dio en la costa Este española de la mano de la presión inmobiliaria. La emancipación de una masa de ciudadanos con capacidades de crédito para establecer un lugar de residencia estival desarrolló las grandes infraestructuras de ocio, hostelería y turismo “de calidad” que hoy conocemos. Lugares como La manga del Mar Menor, planeado por Antonio Bonet en los años 60, es hoy un hito en un urbanismo playero. La presión inmobiliaria transformó el patrimonio natural de la península de La Manga en un territorio devenido en playa para todos.[1]

Pero para poner en práctica las actividades contemporáneas nada mejor que un centro comercial. Como hemos dicho antes, las playas forman ya parte de un conglomerado de operaciones más complejas que se insertan en dispositivos como los grandes centros comerciales. Aparecen aquí como espacios heterotópicos ubicuos que nos encontramos ya por doquier. La playa es entonces un dispositivo temporal. Es decir, un espacio para consumir tiempo. Una infraestructura de ocio para permanecer bajo las bóvedas de consenso[2] el mayor tiempo posible. Un lugar que no se diferencia mucho de los citados anteriormente salvo por contener una vigilancia y control mayor que los anteriores en cuanto a su acceso y su climatología particular. Las playas indoor, como las del WEM, espectacularizan lo cotidiano para acercarlo lo más posible al momento por antonomasia: el shopping.Cualquier actividad que seamos capaces de imaginar estará lo más ligadamente posible al acto de comprar.

Estas playas son más un artefacto o máquinas de consumir naturaleza enlatada que un escenario simplemente espectacular. Una forma de urbanismo indoor que produce cualquier elemento del imaginario colectivo ligado al placer, al descanso y a la diversión. Las olas, son el reflejo de la pulcritud con la que se elaboran estas representaciones urbanas y producen de nuevo estos espacios públicos imperfectos, donde es necesario fijar la atención para producir otros escenarios críticos posibles.


La playa es una temporalidad auto producida.

Imagen 04. Playa de Barcelona años 80. Pablo Pérez Mínguez.

La playa se construye cada día. Desde los rituales domésticos de preparación, su despliegue como ciudad ocasional, y su desmantelamiento al anochecer. Durante todo el día se suceden variaciones incontroladas del espacio que mediante una superficie adaptable, amoldable y modificable permite que casi todo sea capaz de suceder en este espacio. Desde lo individual a lo colectivo, del deporte a los conciertos, fiestas y festivales. Un espacio capaz de asumir la incertidumbre del momento y las necesidades especificas des-reguladas. En sus diferentes estacionalidades también es capaz de adaptarse a condiciones climáticas diferentes que muestran otra manera de utilizar espacios urbanos de diferentes maneras. Las masas muestran su cara más amenazadora y aplastante pero también incluyen historias vulnerables y frágiles. ¿Qué podemos aprender de ellas? ¿Qué sistema regulatorio y normativo hemos creado en nuestras ciudades que podemos dividirlas entre las que tienen y las que no tienen playas?

Lo que la ciudad pide cuando dice que Madrid necesita una playa, no es el agua, ni la arena, ni siquiera el sol. Madrid, al igual que otras ciudades, necesitan nuevas formas de plantear lo urbano. Modos que permitan que la flexibilidad y la adaptabilidad no sean solo condiciones espaciales sino que permitan que los cuerpos y otras representaciones sean posibles en los espacios públicos perfectos que hemos construido.

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Notas
[1] Segundas residencias. Veraneo en La manga y turismo de calidad. Miguel Mesa. http://medialab-prado.es/mmedia/13175/view
[2] WEM. Una máquina para consumir ciudad. http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=16346



por Mauro Gil-Fournier — Martes, 8 de julio de 2014
Fuente: La ciudad Viva